Conocerse a uno mismo, ¿es un proceso racional o emocional?

¿Alguna vez le has preguntado a un médico por qué decidió estudiar medicina? Recibirás dos tipos de respuestas: unos médicos te dirán que disfrutan ayudar a las personas, que realmente les apasiona su trabajo y les agrada el aprecio que reciben de sus pacientes cuando hacen un buen trabajo. Otros te dirán que decidieron estudiar medicina después de un meticuloso análisis de los sueldos y el mercado de trabajo.
Y así, en cada profesión encontrarás una respuesta que viene de la emoción y otra que viene de la razón. ¿Quién de los dos estará más motivado en su trabajo? ¿el que lo hace porque le apasiona o el que lo hace porque le es conveniente?

Conocerse bien implica saber identificar nuestras emociones, nuestros deseos y motivaciones. Las personas que se conocen bien tienen bien claro lo que quieren y por lo tanto les es mucho más sencillo encontrar la motivación para actuar para conseguirlo.
Es una muestra más de por qué las personas más exitosas no son grandes pensadoras, sino grandes hacedoras.
Los grandes hacedores no se detienen a filosofar; sus reflexiones no están centradas en la conveniencia de hacer algo, sino en cómo les hace sentir la expectativa del logro.

Si pensamos en multimillonarios como Mark Zuckerberg o Bill Gates podemos darnos cuenta que su decisión de dejar sus estudios en Harvard fue muy poco racional. Estudiar en Harvard es prácticamente un seguro para conseguir un trabajo en una excelente empresa y con un sueldo extraordinario, ¿quién en su sano juicio deja la oportunidad de estudiar en la universidad más famosa del mundo? Quien toma esa decisión es una persona con conocimiento de sí misma, alguien que tiene bien claro que lo que quiere va mucho más allá de un buen trabajo con un sueldo excelente.

Una cualidad frecuente en las personas racionales es la formalidad; cumplen reglas, trabajan con calidad, consideran que para crecer necesitan prepararse cada vez más. Esas cualidades les permiten ser buenos prácticamente en todo lo que realizan. Su motivación no la encuentran en la actividad que realizan en sí, sino en la calidad con que la llevan a cabo. El mayor problema con la racionalidad es que invita a la duda; se cuestionan decisiones por meses y hasta años, se cambian planes frecuentemente en busca del plan perfecto. En todo este torbellino de ideas y pensamientos se cae frecuentemente en la confusión, ¿cómo puedo saber quién soy y lo que quiero ante tal vorágine de información? No es raro ver las crisis de identidad después de los 40 años; incluso habiendo alcanzado grandes éxitos, siempre existe la duda de si hay algo más que pueda llenar nuestro vacío emocional.

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