El gran problema de ser complaciente

Ayer por enésima vez me preguntó un ejecutivo de Recursos Humanos si en mi trabajo como consultor en las empresas yo fomento que la gente diga lo que piensa. De inmediato me doy cuenta cuando eso es un problema para algunos de ellos. Existe esa falsa ilusión de que si no hablamos de los problemas éstos desaparecen, aunque en la realidad todos los días vemos ejemplos de que sucede lo contrario, no solo no desaparecen sino que empeoran, convirtiéndose más temprano que tarde en crisis horribles.

Ser complaciente y agradable tiene connotaciones tan buenas que pareciera imposible encontrar algo malo en ello. Amabilidad, empatía, compasión, respeto a la autoridad son cualidades estupendas, de hecho si todos las tuviéramos no existiría la delincuencia. Pero pensemos ahora, ¿qué pasa cuando ponemos los intereses de otros por encima de los nuestros? Eso es justo lo que hacen las personas complacientes con frecuencia. En un proceso de negociación eso es muy malo porque de hecho estoy más preocupado por hacer ganar al otro que ganar yo. Como jefe, no me atrevo a llamarle la atención a mis empleados porque temo que se sientan ofendidos. En pocas palabras, el ser muy agradable y complaciente irremediablemente disminuye tus posibilidades de ganar y de ocupar un buen lugar en la empresa y en la sociedad. Así, buscar ser querido por todos usualmente resulta en llegar a odiarse uno mismo; sentirse incompetente, abusado e inútil.

Que un empleado no se atreva a pedir un aumento de sueldo o defender sus intereses puede parecer bueno en algunas compañías, pero en el largo plazo va ser perjudicial porque el empleado se llenará de resentimientos que tarde o temprano van a explotar; incluso las personas complacientes tienen un límite.

Uno de los muchísimos perjuicios que las redes sociales están trayendo a la sociedad es la demonización de toda persona que se atreve a hablar con claridad. Especialmente en twitter somos testigos frecuentes de la presencia de gentes extremadamente desagradables que se dedican a tratar de destruir la reputación de otros con el más mínimo pretexto. Y en lugar de negarles importancia a esos individuos, todos los días vemos niveles increíbles de cobardía en empresarios, artistas y figuras públicas disculpándose con esos personajes por decir cosas tan normales que en realidad no requieren pedir disculpa alguna.

Cada vez vemos menos gente dispuesta a defender sus ideas y sus valores por temor a ser demonizadas. Más nos vale no permitir que esta situación se siga deteriorando porque de otra forma nos convertiremos en una sociedad incapaz del análisis y la discusión racional de los asuntos, seremos un montón de personas con sonrisas hipócritas que pretenden que todo está bien, pero tan incompetentes y con resentimientos tan profundos que no quiero ni imaginarme lo que suceda cuando éstos exploten. En el otro extremo seguirán — aún más envalentonados — aquellos siempre cargados de odio que no son capaces de sostener una discusión razonable.

Si estás en la situación de querer nivelar tus niveles de complacencia, lo siguiente te interesa:

Asertividad y negociación – Ocupa el lugar que deseas en la empresa y la sociedad

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