Superación, la mayor prueba de amor

Hace unas semanas reanudé el contacto con una amiga de mis épocas universitarias; tenía más de 20 años de no saber de ella y me encantó encontrarla porque es una persona de la que tengo excelentes recuerdos; solo la traté por un semestre porque era una estudiante de intercambio, pero a pesar de ello nos hicimos grandes amigos y mantuvimos esa amistad por algunos años en las épocas en que todavía se preferían las cartas sobre los correos electrónicos.
La recuerdo como una de las personas más sociables y carismáticas a las que he conocido, por lo que fue una gran sorpresa para mí, ahora que platiqué nuevamente con ella el saber que desde su niñez ha batallado con depresión. Me comenta ahora que jamás permitió que alguien se diera cuenta de su problema fuera de su círculo cercano. Con la llegada de las redes sociales, ahora se permite escribir en su blog sobre sus experiencias y cada escrito que leo de ella me sorprende, no sólo por la calidad de su escritura sino por la cantidad de personas que comentan sus propias experiencias con la depresión.

Todos vivieron situaciones terribles en su niñez y su adolescencia, y aún siguen teniendo retos por su enfermedad, pero puedes notar en sus comentarios que ya no muestran vergüenza, ni juicio, ni victimización, sino un profundo orgullo por salir avantes y fortalecidos de sus circunstancias, dejando atrás sus miedos y su desesperación.
El gran patrón que rige sus experiencias es que todos decidieron dejar de sentirse víctimas de las circunstancias y optaron por aceptar su realidad, por dejar de esconderla y por decidir hacer vidas normales y satisfactorias. En pocas palabras, dejar la inmovilidad y moverse hacia la búsqueda de sus metas.
Todos podemos aprender de esa actitud en esas épocas en que también estamos deprimidos, ya sea por una pérdida, una enfermedad o cualquier otra circunstancia de vida. Nuestra depresión no es clínica, por lo que no es tan severa; si ellos han podido cargar esa cruz tan pesada toda su vida, ¿cómo no podemos los demás hacer lo mismo con cruces mucho más ligeras? Tendemos a pensar en esos momentos de tristeza y problemas que nuestra vida es de lo peor. Veo en las redes sociales todos los días personas martirizándose con la idea de que no hay país peor que México; no hay seguridad, no hay dinero, no hay ética. ¡Somos el peor país del mundo! Por supuesto que no lo somos, Venezuela está mucho peor que nosotros, y Siria está mucho peor que Venezuela, y Somalia está mucho peor que Siria. Y dentro de cada país hay personas que están mucho peor que otras, pero siempre se puede estar peor. Un millonario del primer mundo con cáncer terminal con toda seguridad está peor que un limosnero.

Lo anterior me hace reflexionar que no hay amor más valioso que el que tenemos por nosotros mismos. Es el amor que crece dentro de nosotros cuando dejamos de quejarnos y de ser víctimas, cuando decidimos que somos lo suficientemente valiosos para seguir adelante a pesar de las circunstancias, cuando detrás de nuestros problemas encontramos fortalezas que ni sabíamos que teníamos, y ahora esa fortaleza ya no es solo para nosotros, incluso sentimos placer de compartirla para ayudar a otros.
El amor solo se puede encontrar en la acción; en la inmovilidad solo crece la frustración, la victimización y la amargura. No te permitas que el miedo y la frustración te inmovilicen, ponte metas todo el tiempo, aunque sean pequeñas te permitirán mantener tu autoestima alta, te asegurarán un avance permanente. Los que te aman estarán felices por ti y serás un placer a la vista de todas las personas que te rodean. A mi parecer, no hay nada más amoroso que esa perspectiva de vida.

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